La virgen no tuvo la culpa
La función en el Teatro Leal no garantizaba las horas de comienzo "por la visita de la Virgen", rezaba un cartel en las taquillas. Atónito me quedé al leerlo, pensando el pobre turista o visitante que leyese tal excentricidad. No, no se trataba de una aparición programada, sino del paseo de la talla que habitualmente se encuentra en la localidad de Candelaria, y que (supe después) haciendo paradas en diversos municipios durante todo el día llega a mi localidad, a La Laguna. Para dichos faustos el Ayuntamiento había dispuesto unas gradas muy especiales frente al Ayuntamiento, se cerraron una vez más calles, la vecina que habitualmente a las diez de la noche se queja de cualquier ruido en la escalera tenía la televisión puesta altísima escuchando la retransmisión del evento. A las once y media de la noche, tras un repique de campanas de al menos diez minutos, que culminaron con fuegos artificiales, el ruido cesó. Desconozco el gasto que supuso para las arcas municipales. Personalmente me tengo que aguantar, no usar el coche, dormir a las niñas (esta vez no hizo falta, no se despertaron), jaleos y ruidos. Uno lo hace casi a gusto para que sus conciudadanos estén contentos, para que expresen su devoción. Digo casi porque queda cierta sabia amarga: todo el año, prácticamente todos los meses, hay eventos de este tipo en mi localidad. Siempre tienen el beneplácito de las autoridades, de los poderes públicos, que incluso encabezan las procesiones. En un estado laico, me parece que no es una actitud muy correcta. Pero el problema es más, el problema es que esos mismos que salen a la calle por estas santas causas, se extraña que haya quien lo haga por criterios de justicia social, o se llevan las manos a la cabeza por las costumbres de otros países, sin distinguir religiones de terrorismo. Tal vez deberían aplicarse eso de la paja en el ojo ajeno... Vaya por las autoridades, que pueden ir haciendo algo para que entendamos mejor al prójimo, para que consigamos entendernos mejor entre los pueblos. Hechos simples, sencillos, cotidianos, pero con una gran carga formativa, de ejemplaridad. Los poderes públicos no pueden estar al servicio de una visión del mundo, no deben, so pena de convertirse en los talibanes que después critican. Esa responsabilidad pesa sobre los dirigentes. Creo que es hora de empezar a decir que esta complacencia de lo público con ciertos fenómenos religiosos no son de recibo. Mi vecina, en cambio, puede seguir poniéndome los eventos religiosos más señalados en su televisión, e ilustrándome con música de misa los fines de semana, al menos dentro de un orden.

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